Sergio Ledesma Pujol
Tercer Premio castellano

El viaje soñado

21.04.2018 | 04:21
El viaje soñado

Cuando Gregorio y Marcela salieron de su casa, un tumulto vecinal les esperaba en plena calle. La gente del pueblo, agolpada en puertas y balcones, lanzaba vítores enmascarados de envidia, mientras la aclamada pareja colocaba, sonriendo casi por inercia, las maletas dentro de su auto.

Minutos después, tras despedirse a conciencia de amigos y vecinos, conseguían dejar atrás aquel pueblo que los había engullido de por vida. Pero como si de un volátil sueño se tratara, esa misma noche regresaron a su casa, a esa que les había despedido horas antes, y que agazapada ante la oscuridad de la madrugada, les aguardaba en el más reposado silencio. Guardaron el auto en el garaje y, tras subir las maletas a la habitación, decidieron que lo mejor sería intentar dormir. A la mañana siguiente, Marcela, sin subir ni una sola de las persianas de la casa, preparaba el desayuno con una rutina admirable, mientras Gregorio, aún dormitando tras aquella extraña noche, ordenaba de nuevo la ropa en los correspondientes armarios. Y en esa misma casa comieron. Y cenaron. Y volvieron a dormir. Así durante tres larguísimas semanas. Con una nevera previamente abastecida y una conexión que no era de este mundo, convivieron sin dirigirse la palabra en el más absoluto silencio, y no salieron de aquella casa hasta que toparon de bruces con la fecha en rojo del calendario. Esa misma noche, Gregorio hizo de nuevo las maletas, mientras Marcela se cercioraba, subiendo mínimamente una de las persianas, que no había nadie en la calle. Salieron del garaje con sigilo, y con el auto sin luces hasta salir del barrio. Una vez abandonado el pueblo, pararon en un descampado donde pasaron la poca noche que les quedaba. Y ya no se movieron de allí hasta que el sol de mediodía les hizo ponerse en alerta. Volvieron al pueblo pasadas las tres de la tarde, y mientras afilaban de nuevo sus sonrisas antes de girar la esquina de su casa, el barrio entero ya aguardaba su llegada. Esa misma tarde, en un bar abarrotado de la plaza central, Gregorio y Marcela explicaban a sus vecinos casi de memoria, su increíble y maravilloso viaje de novios.

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