Whirlpool, un ladrón de medianoche

23.04.2016 | 04:21

Descubrió a un polizón en su cama, de madrugada. Era su hijo que escapaba de la noche de su habitación. El niño le susurró que tenía sed. El padre, como sonámbulo, se levantó sin encender las luces. La puerta del pasillo estaba entreabierta, apenas un dedo. Y fue entonces cuando la oleada de robos en viviendas que asolaba al pueblo le cayó de sopetón en el pecho.

Por la rajita de la puerta se veía una luz amarillenta que de repente se apagó. Los ladrones le habían oído, pensó el padre. Sus otros hijos dormían, su esposa también. Esa noche, esta vez sí, les había tocado a ellos. Aún así, envalentonado por la curiosidad de verle la cara al caco, el padre abrió con decisión la puerta. Oscuridad y silencio. Ni unos pasos apresurados, ni un estrépito en la huida. Alguien lo esperaba agazapado por los rincones, o debajo de la mesa de la cocina.

Me golpeará con una barra de hierro, me abrirá el cráneo, me apuntará con una pipa, me hincará la punta de una navaja barata en los riñones, pi, pi, pi? Las premoniciones del padre y un pitido rítmico. Al ladrón le había saltado la alarma del reloj de muñeca, pensó el padre mientras se le vino a la cabeza un casio de correílla negra. Un resplandor volvió a iluminar la casa acompañando al soniquete electrónico.

Sólo entonces, recuperadas las pulsaciones normales en reposo, el padre entró en la cocina. Antes de llenar un vaso de agua, abrió un cajón, sacó un manual, repasó el apartado de averías frecuentes y cómo resolverlas y solucionó el supuesto asalto nocturno, tocando unos botones, los que indicaba el manual, y cerrando la puerta de la nevera.

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