Protocolo

07.11.2018 | 04:00
Protocolo

EDITORIAL

La morosidad en el recibo de los comedores escolares se ha convertido en un asunto delicado que estalló la semana pasada cuando a un total de 159 niños se les denegó el acceso al comedor debido a la falta de pago. El protocolo dice que se tiene que avisar a los padres de esta circunstancia par que regularicen su situación y si persiste se les avisa para que vayan a buscar a los niños al colegio y éstos no se queden a comedor. La semana pasada, de los 159 que no se habían puesto al día, la mitad se quedaron en el colegio, se les prohibió la entrada en el comedor y se les dio un bocadillo para que no se quedasen sin comer.

Es evidente que se enfrentan dos derechos en esta cuestión. Por una parte, el de la empresa adjudicataria de cobrar por el servicio que presta, pero por otro, el derecho de las personas, es más, de niños, a recibir alimentación. Y no sólo eso, sino de la significación social que implica sentirse señalado de esa manera en un colectivo. No es la primera vez que se debe gestionar una situación así. La conclusión, tras la experiencia, es que se hace del todo necesaria la revisión de los protocolos. No es aceptable que un niño deba asumir de ese modo el incumplimiento por parte de los padres. Señalar de esa forma a ochenta chavales, impidiéndoles la entrada en el comedor no es de recibo. A esas edades, episodios como el del pasado lunes pueden estigmatizar a un niño.

No es suficiente con decir que se les dio un bocadillo. No estamos hablando tan sólo de cubrir las necesidades básicas de los menores, estamos hablando de humanidad. Insistimos en que la empresa tiene todo su derecho a cobrar por el trabajo que realiza, entendemos que es un problema que se den el primer mes de colegio más de 1200 impagados en los comedores y que la repercusión económica de esa situación puede ser imposible de gestionar por la empresa, pero hay que buscar una solución para no generar una situación tan violenta como es la de negar la entrada al comedor a un niño. Pensemos que esos ochenta casos no se dan en un mismo centro, sino que ese episodio marcó a niños de forma muy individualizada y muy evidente en diversos centros educativos terrassenses. No se diluye la vergüenza en un grupo, sino que se sufre prácticamente en solitario.

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