El dilema

10.10.2017 | 04:20

Hoy es el día en el que se desvelará la decisión del president de la Generalitat, Carles Puigdemont. La semana ha sido intensa y decida lo que decida, sin duda no va a tener en cuenta la manifestación del domingo en Barcelona. No es necesario entrar en valoraciones numéricas ni en otras consideraciones; fue una movilización muy numerosa, inusual y heterogénea que pretende demostrar, seguramente muy tarde, que la calle no es patrimonio del independentismo. En cualquier caso, el debate sobre la comparecencia de hoy es más interno que de calle.

Dudas debe haber en el Govern, porque de lo contrario no se entiende que se tarde cinco días en dar los resultados y se retrase a hoy la comparecencia del president. No ha habido apoyo internacional más que la solidaridad por la acción de las fuerzas policiales, se ha activado la fuga de empresas y se han elevado voces dentro del independentismo en torno a si es oportuno o no declarar la independencia en cualquiera de sus formas "temporales". Conociendo la trayectoria del president y aún habiendo verificado en su discurso televisivo de la semana pasada un tono ciertamente conciliador, no parece previsible que Puigdemont aparezca mañana en el Parlament convocando elecciones autonómicas o con un sí, pero no. La pregunta está entonces en saber hasta dónde esta dispuesto a llegar Carles Puigdemont en su desafío y en si ha medido las consecuencias que la declaración de independencia tendrá para Catalunya tanto interior como exteriormente. De puertas para adentro, habrá que ver cómo se gestiona anímicamente la salida de empresas de Catalunya. Es cierto que a efectos prácticos sólo estamos ante un cambio de sede puesto que la actividad se mantiene, pero no cabe duda de que el efecto simbólico es demoledor cuando hasta no hace mucho hablaba de un imposible al dibujar ese escenario.

Se introducía ayer una nueva posibilidad, como salida del Govern a la situación actual: la declaración de independencia con la asunción del artículo 155 de la Constitución, no reconocer las elecciones autonómicas que se deriven de su aplicación y mantener un Parlament paralelo en un intento de mantener la doble legalidad. Pase lo que pase, la ciudadanía sólo puede esperar que las decisiones que se tomen, tanto en Barcelona como en Madrid, se hagan desde la responsabilidad y desde la convicción de que se toman con pleno conocimiento de sus consecuencias (que se expliquen) y pensando en Catalunya y en los catalanes.

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