Y ahora qué?

22.09.2017 | 04:20

La escalada de la acción del Estado contra el 1-O ha convertido la consulta en el símbolo desde el que se defienden los derechos y libertades de Catalunya, pero ayer afectó también a las instituciones, escenificado en la declaración de la suspensión de facto de la autonomía por parte del presidente de la Generalitat. Es fácil pensar que los acontecimientos se están produciendo como se podía esperar desde uno y otro lado, pero una cosa es la previsión y otra cosa es ver salir como detenido a un secretario general de una conselleria. La entrada de la Guardia Civil en las consellerias y la detención de altos cargos de la Generalitat va más allá de la búsqueda de las papeletas o las tarjetas censales; el salto cualitativo es de una gravedad extraordinaria y cabría preguntarse si el Gobierno ha medido las consecuencias de sus acciones, que le dan una vez más votos hoy y problemas, muchos problemas, mañana.
Decíamos hace pocos días que las fuerzas eran desiguales en el enfrentamiento. La maquinaria judicial del Estado ha ahogado económicamente la Generalitat, ha dado un golpe que puede ser definitivo a la logística del referéndum y finalmente ha actuado contra altos cargos clave del Govern de la Generalitat. Entra dentro de lo probable que el golpe a la consulta haya sido definitivo, que ésta no se lleve a cabo, al menos en los términos como se había convocado; es decir, Rajoy puede sentirse vencedor en su pulso con la Generalitat, pero la pregunta es muy simple: ¿Y ahora qué? ¿Piensa realmente el presidente del Gobierno que ha solucionado el problema catalán o ha podido darse cuenta de que su verdadero problema se inició ayer?
La gravedad de la situación, la dimensión histórica de lo que estamos viviendo tendremos ocasión de calibrarla en los próximos días en la medida en que se alarguen las concentraciones y se reproduzcan las manifestaciones. El Gobierno perdió la batalla de la calle hace muchos años, pero el verdadero problema es que nunca se ha calibrado el alto grado de interiorización y de convicción de una parte sustancial de la sociedad catalana en torno al procés, que gana músculo con jornadas como la vivida ayer. Es en la calle donde quizás podamos encontrar la clave del desarrollo de los acontecimientos. Es un factor esencial y se ha hecho caso omiso del grado de desafección de una parte de la ciudadanía respecto del Estado.
Sólo cabe esperar ahora que la movilización mantenga el tono reivindicativo, cívico, pacífico y festivo que siempre le ha caracterizado y que ante el inesperado adelanto en el tiempo del 2-O, exista todavía una vía de diálogo.

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