Lectura

08.12.2016 | 04:21

Ayer se hizo público el siempre esperado y no menos polémico informe Pisa. Se trata del estudio internacional elaborado por la OCDE que evalúa cada tres años el rendimiento escolar de jóvenes de 15 años mediante pruebas estandarizadas y cuyos resultados sirven, teóricamente para establecer el rendimiento escolar en el mundo y la eficacia de los sistemas educativos. El Informe Pisa tiene defensores y detractores; la estandarización es una de las críticas más importantes porque no tiene en cuenta realidades educativas locales, incluso en el propio Estado español y la herramienta de prevención es uno de los valores más importantes para sus defensores.

En cualquier caso, el informe Pisa se convierte cada año en un importante tema de conversación y en especial en noticia de alcance para los medios de comunicación. Ayer mismo se pudo comprobar cómo los medios afines al Gobierno destacaban la rebaja en la diferencia de puntuación de España en determinadas materias con respectos a países de referencia, como si de una competición deportiva se tratase. La valoración se realizaba al hilo de la realizada por los responsables del ministerio de Educación, que destacaban la mejora en comprensión lectora de los alumnos españoles (efectivamente ha aumentado en ocho puntos) y el recorte de diferencias en matemáticas y ciencias. Resultó sorprendente, por no decir patético, la interpretación de los datos cuando una lectura superficial nos permite observar que España mantiene con escasa diferencia los mismos resultados en los últimos cinco informes. Es decir, no se percibe la más mínima evolución cuando, por ejemplo, Portugal, en el mismo tiempo, ha aumentado un total de 30 puntos. Es más, la mejora que tanto se destacó ayer en matemáticas y ciencias no se debe tanto al aumento de la puntuación de las pruebas de nivel realizadas a los alumnos españoles, sino al descenso de la media en los países de nuestro nivel. Y eso, sin entrar en las lecturas que se realizan desde las diversas comunidades autónomas, que no olvidemos tienen las competencias sobre Educación, valoración que se utiliza como arma arrojadiza más que como elemento de referencia.

Probablemente no debamos ser excesivamente rigurosos en el juicio sobre esos resultados por cuanto podemos caer en una estúpida autocomplacencia o en un severo dictamen cuando lo importante es, sin duda la necesidad de consensuar un gran proyecto educativo que acabe con la arbitrariedad de las ya excesivas leyes educativas que se han dictado en menos de 40 años.

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